Se acaba el espectáculo, clausuro este sitio porque se ha quedado pequeño y lleno de telarañas. En los rincones, alguna de esas arañas me susurra aún, sin darse cuenta de que para poder oírla tendría simplemente que articular palabras. Su picadura te enferma, deja cicatriz, pero el Tiempo es un médico sabio. Me llevo mi mundo a otra parte, porque aquí sólo quedan sombras de lo que un día fue. Me diluyo con mis historias en lo más profundo del bosque, como ese “Bosque del hada ignorante” cuya imagen daba la bienvenida a este lugar desde el principio. A los que todavía estáis ahí, gracias por las lecturas, los comentarios y las cosas nuevas que me enseñásteis. Espero que os vaya bien, que encontréis nuevos parajes que os ofrezcan su hospitalidad y compartan con vosotros sus leyendas. Me voy y os dejo con un poema, no podía ser de otra manera, de Luis Cernuda: Donde habite el olvido, en los vastos jardines sin aurora; dónde yo sólo sea memoria de una piedra sepultada entre ortigas sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. Donde mi nombre deje al cuerpo que designa en brazos de los siglos, donde el deseo no exista En esa gran región donde el amor, ángel terrible, no esconda como acero en mi pecho su ala, sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento. Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, sometiendo a otra vida su vida, sin más horizonte que otros ojos frente a frente Donde penas y dichas no sean más que nombres, cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, disuelto en niebla, ausencia, ausencia leve como carne de niño. Allá, allá lejos; donde habite el olvido. |